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CANAL DONDE OTEKA (JAVIER OTK) EXPONE ALGUNOS DE SUS FILMES, AUDIOVISUALES, FOTOS, ESCRITOS, OTRAS OCURRENCIAS Y EXPRESIONES DE SUS FILIAS Y SUS FOBIAS.

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FICHAS TÉCNICAS DE OTEKA
de sus filmes, guiones, libros y algunos escritos.

5 ene. 1999

¿QUÉ ES PRIMERO...

... la bipolaridad o el ánima chocarrera?... Como decía San Pablo: "¿Por qué, si lo que busco es el bien, es el mal el que se me presenta?" O, ¿por qué si lo que busco y anhelo es el LOGOFLUJO, lo que a veces se me presenta es el Demoflujo... o más comúnmente: el Psicoflujo?

DE NIÑO TUVE EL MISMO SUEÑO TODOS LOS DÍAS

Descendía por una resbaladilla en forma de caracol, que más que tener una estructura metálica, estaba formada por miles de luces que pasaban a mi lado vertiginosamente. Era un descenso muy largo hasta que finalmente llegaba a una especie de pista de hielo totalmente roja. A las orillas de esta pista rectangular había unas paredes recortadas por arcos de medio punto, también rojos.

Durante todas esas noches tuve siempre la misma cita. Diariamente se presentaba en mí una lucha dramática entre el miedo real y la pecaminosa reconciliación. Luchar por sobrevivir significaba vencer el miedo invencible; era morir o hacer las paces con mi perseguidor.

El descenso por aquella resbaladilla era una larga y tormentosa caída, más temida por lo que me esperaba que por la sensación misma de caer... Se entremezclaban las sugerencias de colores ideales, de un gran gozo perceptual e inocente. Esa caída era luchar por mantenerme despierto o ser vencido por el hipnótico sueño.

Al comienzo fue más fácil dormir; pero, conforme los años pasaron, mis noches se convirtieron en un cotidiano despertar en el infierno. Una vez que terminaba de caer a la pista roja de esas entrañas perversas, la pesadilla se iba configurando mediante persecuciones. Siempre había un momento, al principio, en el cual podía tener un poco de paz... hasta que mi perseguidor aparecía.


JOTK - Ánima Chocarrera

Era un ser cuyo rostro tenía rasgos de bestia y de humano. Casi siempre traía una capa roja. Se sostenía, en dos piernas que terminaban en sendas pezuñas de cabra. Su sonrisa seductora como que me quería engañar con extremada sutileza, como si no se diera cuenta de que yo lo miraba en su completa realidad, sabiendo de antemano quién era. Corría sobre aquella pista roja, rodeada de columnas y arcos; intentaba esconderme. Siempre me sorprendía; aparecía en cuanto lugar me escondía. Esa lucha constante por huir me iba cansando. Cada vez que este ser aparecía, corría yo con todas mis fuerzas.

Sin embargo, llegó el tiempo en que, dentro de mis sueños, le fui perdiendo el miedo, aunque jamás logré perderlo totalmente. Tenía un anhelo de reconciliación; quería encontrar la forma para descansar en paz. En algunas ocasiones estuve a punto de hacer las paces con él; pero siempre subsistió una gota de miedo que permitió escurrirme. Y en esa lucha constante entre el miedo y la reconciliación, las tensas noches transcurrieron hasta que mi Padre que está en los cielos me sanó… y durante muchos años no pude recordar lo que soñaba.
Un buen día mi mamá, entristecida por mi situación, le pidió a Dios Nuestro Señor que me curara. Tuvo una fe inquebrantable. De un día para otro me suspendió las medicinas que tomaba… porque sufría yo de un tipo de epilepsis conocida como “el pequeño mal”… Cuando se lo dijo al doctor, éste no lo podía creer; pero la realidad es que a partir de entonces quedé totalmente curado y no sólo eso, sino que mi salud en general ha sido más buena de lo que normalmente pudiera esperarse. Creo que éste fue el primer milagro que se presentó en mi vida.

Aunque pasé después por muchas rebeldías e, incluso, llegué a dudar de la existencia de Dios, este milagro -entre muchas otras cosas- me hacía pensar que mi vida la tengo prestada, que ya no me pertenece, sino en la medida en que cumpla la misión que me ha sido encomendada, en la vocación que ha sostendido todas mis convicciones y sin la cual me resultaría imposible encontrar un profundo sentido a mi vida.